La idiotización del libro de ensayo

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He tenido la gran dicha en la vida de rodearme, desde hace años ya, de personas con niveles culturales impresionantes. No vengo yo de clase alta precisamente y, en no pocas ocasiones, he notado ese salto cultural con ellas. Mi historial de búsquedas en Google os podría confirmar todas aquellas cosas que no sé. Por suerte para mí, aprendo rápido y me gusta leer. Sucede así que el 90% de mi discreta biblioteca es de ensayo (sobre si podemos llamar biblioteca a un par de estanterías Billy hablamos otro día). Habitualmente, cuando un tema desconocido me llama la atención suelo investigar un poco y comprar dos o tres de los libros más destacados. Si, después de leerlos, el tema me ha cautivado lo suficiente, es bastante probable que acabe comprando algunas de las obras mencionadas en las notas al pie.

Estas referencias son las que siempre me llevan a la misma idea sobre la situación actual del libro de ensayo. Existe, a todos los niveles, y no estoy diciendo nada revolucionario, una idiotización generalizada que ha afectado al ensayo particularmente. Estamos generando nuevos conocimientos, pero la pérdida, a marchas forzadas, de educación y cultura hace que ya no sea fácil transmitir estos conocimientos. Tenemos, a mi modo de verlo y, al menos en los temas que me han interesado, una fecha de caducidad de la mayoría de las buenas obras de no ficción: el año 2000.

Se ha ido creando un nuevo tipo de obra que, paradójicamente, reduce la cantidad de conocimiento real que transmite a pesar del aumento del número de páginas. Se rellenan estas de ejemplos repetitivos, historias relacionadas (y no del todo necesarias) y cuestiones personales excesivamente detalladas. Aparecen también explicaciones de conceptos que bien podrían ser artículos en sí mismas y que se relacionan con un tipo de conocimiento que se habría dado por sentado en otras épocas. Esto es, en parte, porque el ensayo se ha ido abriendo al lector no especializado y a costa, en no pocos casos, del que tiene nociones algo más avanzadas.

En el ensayo de décadas anteriores al 2000 se presupone una cierta curiosidad en el lector, siendo las explicaciones más breves o con referencias a otras obras, y se confía en que, si esta explicación no es suficiente, el propio lector busque ampliar la información por sí mismo. Tenemos, a raíz de esto, dos problemas que se alimentan entre sí: uno es que, en realidad, esas explicaciones y ejemplos son necesarios, dado el nivel cultural general; el otro es que cada vez soportamos menos una lectura larga. No tenemos capacidad de concentración, y leer un libro de 300 páginas con todos estos ejemplos, otrora innecesarios, se nos hace pesado.

Soy consciente de que mis propias capacidades pueden agravar mi visión de este círculo vicioso. Me encontré, a raíz de la cita de Marilyn Monroe utilizada en el último escrito, un pequeño texto que teorizaba sobre su supuesta superdotación y su relación con los libros. Marilyn era capaz, aparentemente, de comprender la idea general de un libro leyendo 30 o 40 páginas. Comprendo esa sensación, y es la culpable de que no termine de leer una parte importante de los libros que compro o que, en el mejor de los casos, acabe saltando a las últimas páginas para confirmar mis sospechas. Soy, sin embargo, capaz de terminar, y con gusto, los libros más antiguos. No es así sólo porque sean más breves (aunque, por regla general, lo sean) sino porque tienen la capacidad de mantener la atención. A modo de ejemplo: leo estos días una versión bolsillo de 340 páginas de Tras la virtud de Alasdair MacIntyre escrito en 1984. Salvo por algunas páginas en los primeros capítulos que me han resultado redundantes, estoy segura de que voy a poder leerlo entero sin mayores dificultades, aún siendo de temática compleja.

Juega, también, un papel importante la todología del ensayista medio actual. Los escritores de estas obras eran, antiguamente, especialistas en su tema de escritura. Investigaban y escribían a lo largo de toda su vida sobre este tema y sobre unas cuantas ideas claves a su alrededor. Los actuales intentan ampliar su campo de escritura y se ven aprendiendo sobre diversas cuestiones con el fin último de escribir sobre ellas. No les puedo culpar en este sentido. Entiendo que la sobrecualificación ya no da de comer.

Mentiría si dijera que tengo alguna solución infalible a esta mala combinación de libros interminables y lectores sin paciencia. La única opción que veo para intentar salir un poco del fango es que los escritores empiecen a ser conscientes de que escribir más no es escribir mejor, y que una buena explicación vale más que cuatro páginas de ejemplos encadenados. Sobre la idiotización de la sociedad en si misma, bueno, ya se han escrito antologías al respecto. Puedo ver que este problema en la no ficción es generalizado cuando, al investigar un tema, las mejores referencias son a libros escritos en los 80 y los 90, si no antes. Cuando esto sucede, acabo con sentimientos encontrados: satisfacción porque sé que voy a leer, probablemente, algo de calidad, pero también tristeza porque en dos o tres décadas nadie haya podido escribir algo que sirva como referente.

No es de extrañar que muchos “lectores” (me niego a reconocerlos como tal) acaben aprendiendo sobre diversos libros a través de la aplicación de turno con resúmenes de otros, o de reseñas del lector empedernido y paciente que se ha leído ese ensayo de medio kilogramo de peso. El resto seguiremos buscando los libros de esas referencias al pie en las librerías de segunda mano, templos reminiscentes de un mundo un poco menos idiota.

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